Sin embargo, el motivo de sus crecientes dudas era otro. Con el paso del tiempo había aprendido a confiar en su instinto, que no en vano le había salvado la vida en más de una ocasión. Y en aquel momento, a pesar de haber pensado que Zara y su hermana eran unas buscavidas, comenzaba a considerar la posibilidad de que dijeran la verdad.

– ¿Hay algo más? -preguntó él.

Zara estaba sentada en la cama de la habitación. Metió la mano en el bolso y sacó una nota de papel.

– Es una lista de las joyas que mi madre vendió a lo largo de los años. Además, también está esto…

Acto seguido, le enseñó un anillo de diamantes con la inscripción «Por siempre» en la parte interior.

La sensación de Rafe empeoró en aquel momento. Miró a Zara, que estaba sentada ante él con las manos en el regazo; llevaba un vestido de algodón, de color naranja, y sandalias. Su largo cabello le caía sobre la espalda y sin duda alguna se parecía mucho a la única hija del rey, la princesa Sabra, a quien también llamaban Sabrina.

Ciertamente, Sabrina no llevaba gafas y por lo demás mostraba una seguridad de la que Zara carecía. Pero la combinación de su parecido físico y de las pruebas que acababa de ver lo convencieron de que aquella mujer era, exactamente, quien decía ser. No quería ni pensar en lo que podría suceder cuando el rey lo supiera.

– ¿Tu madre te contó algo sobre tu padre?

– No gran cosa. Cuando preguntaba, se limitaba a contestar que estuvieron muy poco tiempo juntos, que él no llegó a conocerme y que ella no tuvo ocasión de hablarle de mí -respondió Zara-. En alguna ocasión le pregunté si me admitiría como hija si llegara a saber de mi existencia y ella contestó que sí, pero pensé que lo decía por animarme.

– ¿Y tú, Cleo? ¿A ti tampoco te contó nada?

Cleo sonrió.

– Me temo que yo no estoy emparentada con la realeza…



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