
– Cleo y yo no somos hermanas de sangre, aunque nos sentimos como si lo fuéramos. Cleo es adoptada -explicó Zara.
– Es cierto. Fiona me llevó a casa cuando tenía diez años. Yo había perdido a mis padres, así que decidió adoptarme.
Cleo lo dijo con absoluta normalidad, pero Rafe supo, por el brillo de sus ojos, que aquella historia le dolía. En cualquier caso, era evidente que había dicho la verdad porque no se parecía nada a Zara.
– En realidad no fue así -le contradijo Zara-. Más que una adopción, fue amor a primera vista. En cuanto llegó, se convirtió en miembro de la familia.
– Comprendo -dijo Rafe.
Zara se levantó y caminó hacia el balcón.
– No puedo seguir con esto, no tiene sentido -dijo.
Cleo suspiró.
– Mi hermana se está comportando así desde que salimos de Spokane. Una cosa es decir que quieres conocer a tu padre, y otra bien distinta es conocerlo. Además, a ella no le agrada la idea de pertenecer a la realeza.
Rafe se levantó también y salió al pequeño balcón desde el que se contemplaba gran parte del centro de la ciudad. Estaban a finales de mayo y hacía un calor terrible, pero Zara se había apoyado en la barandilla, completamente ajena a ello, con la mirada perdida.
– No quiero que le digas nada al rey – dijo ella.
– No tengo elección -dijo él.
– ¿Por qué? Ya tiene una hija y no necesita otra -declaró, mirándolo-. Además, dudo que yo fuera una buena princesa.
– Lo harías bien, no te preocupes.
Rafe no sabía qué decir. Tenía la impresión de que Zara estaba a punto de romper a llorar.
– Entonces, ¿ahora crees que soy hija del rey?
– Sí, Zara. Creo que es muy posible que lo seas.
– Nunca pensé que pudiera ser así… sólo quería tener una familia de verdad, con primos y tíos y esas cosas -declaró, mientras contemplaba la ciudad-. Pero había imaginado una familia normal, no esto.
