
Rafe la miró y pensó que su perfil era precioso. Sin poder evitarlo, clavó la mirada en sus labios y en la curva de su cuello. Y en ese momento, sintió un estremecimiento que iba mucho más allá de un simple interés profesional por aquella mujer.
– Si quieres, podría facilitarte las cosas actuando como intermediario -se ofreció él-. Podría llevar las cartas y el anillo al rey y enseñárselos en privado. Tú no tendrías que estar presente y nadie mis lo sabría.
Ella se mordió el labio inferior.
– Supongo que ahora ya no puedo dar marcha atrás, ¿verdad?
– No habrías venido aquí si en el fondo no hubieras tomado ya una decisión -comentó él-. Tú misma has desencadenado los acontecimientos al presentarte en palacio.
– Sí, pero desear algo y hacerlo son dos cosas bien diferentes. Tal vez sería mejor que Cleo y yo nos marcháramos.
– Si haces eso, te arrepentirás el resto de tu vida.
– Puede que eso no sea tan malo. Aunque sé que tienes razón… Estoy aquí y quiero saber la verdad, así que acepto tu ofrecimiento. Si puedes llevarle las cartas y el anillo, te lo agradecería. Creo que no podría soportar que me rechazara en persona. Además, tampoco creo que fuera capaz de hablarle a un rey.
Rafe no tenía la menor idea de cómo reaccionaría el rey al saberlo, pero ahora estaba convencido de que Hassan era el padre de Zara, lo que podía implicar muchas complicaciones.
– ¿Y cómo sabes que te devolveré las cartas y el anillo?
Zara le sorprendió con una respuesta increíblemente ingenua:
– ¿Para qué los querrías tú?
– Oh, vamos, Zara… Eres tan confiada que no deberías viajar sola.
– No viajo sola, viajo con mi hermana.
– Ah, sí. Es como un ciego guiando a otro ciego.
Zara lo miró con cara de pocos amigos y se puso tan derecha como pudo, pero no le impresionó en absoluto. A fin de cuentas, él media más de un metro ochenta y cinco y era mucho más alto que ella.
– Cleo y yo nos las hemos arreglado perfectamente bien sin tu ayuda -le recordó.
