
Zara no supo qué contestar. Habían decidido sumarse a la visita guiada del famoso palacio real de Bahania por una pequeña diferencia de criterios entre las dos hermanas. Cleo quería que se presentaran en la puerta principal y exigieran que les dejaran entrar, sin más. Pero Zara, más razonable, optó por una aproximación sutil: sumarse al grupo, echar un vistazo al lugar y aprovechar la ocasión para hacerse una idea de lo que podía esperar.
La decisión de viajar a Bahania había sido repentina e impulsiva; pero ahora que estaba allí, no tenía más remedio que aclarar sus ideas y decidir lo que quería hacer.
– Me estás volviendo loca -dijo Cleo, en voz baja-. Llevas toda la vida deseando saber quién es tu padre. Y cuando por fin consigues información al respecto, te asustas.
Zara negó con la cabeza.
– Es mucho más complicado, Cleo. Yo pensaba que mamá se había quedado embarazada de mí en alguna escapada con un hombre casado o algo así y que por eso no quería hablar de é1. Pero si resulta que mi padre es el rey de este país… Eso cambia las cosas. No sé si quiero formar parte de esto.
Cleo la miró con impaciencia.
– Pues me sigue pareciendo una estupidez. Es tu oportunidad de vivir un cuento de hadas, Zara. ¿Cuántas personas tienen ocasión de convertirse en princesas? ¿Cómo es posible que no estés pegando saltos de alegría?
– Mira, yo…
– ¡Princesa Sabra! No sabía que ya había llegado…
Las dos mujeres se volvieron hacia el hombre que caminaba hacia ellas. Era delgado, de treinta y tantos años, y llevaba una especie de uniforme.
– Me dijeron que llegaría en cualquier momento y la estaba esperando, pero es obvio que no la he visto entrar -dijo, mientras se detenía ante ellas y hacia una reverencia-. Le ruego que acepte mis disculpas.
Zara parpadeó.
– Perdone, pero no sé de qué me está hablando. Yo no soy…
– Llevo poco tiempo en este cargo -continuó el hombre, sin hacer caso del comentario de Zara. Por favor, no se enfade conmigo. Síganme.
