Antes de que Zara pudiera protestar, el hombre la tomó del brazo y la llevó por un largo corredor, lejos del grupo de turistas. Cleo los siguió a corta distancia.

– ¿Zara? ¿Qué sucede? -preguntó su hermana.

– No tengo ni idea…

Zara intentó librarse del desconocido, pero no pudo.

– Mire, está cometiendo un error -continuó-. No soy quien cree que soy. Sólo somos turistas…

El hombre la miró con desaprobación.

– Sí, princesa. Pero si quería conocer el palacio podría habérselo pedido a su padre, que la está esperando.

Zara se estremeció al oír la mención de su padre. Todo aquello le daba mala espina.

Giraron a la derecha y después a la izquierda. Como estaba muy preocupada, apenas prestó atención a las grandes salas, los preciosos suelos, las estatuas y los cuadros que iban dejando atrás, con alguna vista ocasional del mar Arábigo. Siguieron caminando hasta llegar a una habitación de forma oval donde había media docena de personas.

Entonces, el hombre se detuvo, le soltó el brazo y anunció:

– He encontrado a la princesa Sabra.

Todo el mundo se giró para mirarla. La conversación ceso y Zara pensó, en mitad del repentino silencio, que estaba a punto de pasar algo malo.

Por desgracia, acertó.

Un hombre gritó entonces que eran impostoras. Varios individuos corrieron hacia ellas, y antes de que pudiera reaccionar, uno la empujó y la tiró al duro suelo, dejándola sin aliento.

Se había dado un buen golpe y estaba mareada, pero aquello era poca cosa frente a la pistola con la que le apuntaban a la cabeza.

– ¡Hable!

Zara quiso obedecer, pero no podía respirar. El pánico bastó para que su mareo desapareciera de inmediato e intentó tranquilizarse. Sin embargo, se sentía paralizada. Su cuerpo no respondía y tardó unos segundos en comprender que aquella parálisis no se debía ni al golpe ni al miedo, sino al enorme y enfadado individuo, de ojos azules inmensamente fríos, que la aplastaba contra el suelo.



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