El azul siempre había sido su color preferido, el color del mar y del cielo. Pero los ojos de aquel hombre no tenían calor alguno.

– Hable -repitió el desconocido- ¿Quién es usted?

– Zara Paxton -respondió por fin.

La presión de la pistola en la sien se incrementó.

– ¿Va a dispararme? -preguntó, asustada.

Zara se había informado bien sobre Bahania y pensaba que era un país tranquilo y sin peligro alguno para los turistas. Pero al parecer, se habla equivocado.

– ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó él.

– Mi hermana y yo estábamos en la visita guiada al palacio, pero un hombre se ha dirigido a nosotras y ha insistido en que lo siguiéramos -explicó.

Los ojos azules siguieron clavados en ella, casi como si pudiera adivinar sus pensamientos. El hombre llevaba una túnica, típica de la zona, pero era de rasgos anglosajones. Se había tumbado sobre ella y le había puesto una mano en el cuello, de modo que debía sentir, claramente, los acelerados latidos de su corazón.

– Lo siento – acertó a decir Zara.

– Yo también.

Entonces, se apartó de ella y Zara se levantó lentamente. Todos seguían mirándola y dos guardias habían apresado a Cleo, pero la soltaron de inmediato ante una orden del hombre de ojos azules.

– ¿Qué va a pasar ahora, señor…?

– Rafe Stryker -respondió él.

El desconocido dio unas cuantas órdenes en árabe y el resto de las personas desapareció.

– Vengan conmigo -dijo.

Zara consideró la posibilidad de huir, pero estaba en un país que no conocía y ni siquiera habría sido capaz de encontrar la salida del palacio, así que miró a Cleo, que se encogió de hombros, y decidieron seguirlo. Además, los guardias se habían marchado y supuso que no las arrestarían.

Las llevó a un pequeño despacho. Después, las invitó a tomar asiento y él se acomodó en una butaca, al otro lado del escritorio.



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