
– Parece que ha habido un malentendido -dijo Zara tras un incómodo silencio de varios segundos-. Mi hermana y yo estábamos en el grupo de la visita guiada cuando ese hombre se ha empeñado en que lo siguiéramos. Y ahora, usted y sus guardias nos atacan… Me gustaría saber qué está pasando.
Rafe Stryker se frotó las sienes.
– Eso me gustaría saber. ¿Llevan algún tipo de identificación?
Zara y Cleo se miraron. Ninguna de las dos sabía si debían darle sus pasaportes a aquel tipo.
– Pueden confiar en mí -dijo Rafe-. Sus pasaportes no saldrán de este despacho. Sólo quiero comprobarlos y hacer un par de llamadas telefónicas.
– No creo que tengamos otra opción… -comentó Cleo.
Zara asintió. El viaje a Bahania le había provocado todo tipo de dudas desde el principio, pero jamás habría imaginado que la iban a atacar en el palacio. En cualquier caso, le dieron los pasaportes. Rafe los tomó e hizo varias llamadas, como había asegurado.
Cinco minutos más tarde apareció una joven con una bandeja con bebidas y canapés. La mujer sonrió y dejó la bandeja en una mesita, junto a la ventana. Después, y sin decir una sola palabra, hizo una reverencia y salió de la habitación.
Cleo, que siempre estaba hambrienta, miró a su hermana y preguntó en voz baja:
– ¿Crees que la comida estará envenenada?
– Bueno, empiezo a pensar que nos hemos metido en una mala película de espías, pero dudo que se hayan tomado la molestia de envenenar la comida -respondió.
Cleo se encogió de hombros, tomó uno de los vasos y echó un trago.
– Mmm. Es limonada. Y está muy buena.
La boca se le hizo agua a Zara, que rápidamente la imitó. Después, y mientras Cleo devoraba un canapé, aprovechó la ocasión para estudiar el pequeño despacho y a su captor.
El despacho estaba decorado de forma moderna y tenia un ordenador y un fax. La única ventana daba a un jardín lleno de flores y árboles frutales, y a diferencia de las salas del palacio que habían visto, el suelo no era de mármol sino de linóleo.
