– Mi hermana y yo somos ciudadanas de otro país que estaban visitando tranquilamente el palacio. Por razones que nadie nos ha explicado todavía, nos apartaron de nuestro grupo, nos atacaron y nos han quitado nuestros pasaportes. Exijo que nos los devuelvas inmediatamente y que nos acompañen a la salida.

Cleo frunció el ceño.

– ¡Zara! ¿Y qué pasa con el rey?

– Olvídate ahora de eso. No es el momento más oportuno.

Para sorpresa de las dos mujeres, Rafe Stryker les devolvió entonces los pasaportes. Pero no hizo ademán alguno de estar dispuesto a permitir que se marcharan.

– ¿Podemos irnos? -preguntó Zara.

– No hasta que haya oído toda la historia.

– No hay nada que contar.

– No es verdad, está el asunto de las cartas -intervino Cleo-. Son cartas escritas por el rey Hassan a la madre de Zara.

Rafe observó detenidamente a las dos mujeres. Cleo era baja y rubia, obviamente más joven que Zara, y tenía un cuerpo tan exuberante que muchos hombres se habrían vuelto locos por ella. Pero a él no le llamó la atención. Estaba más interesado en la alta morena que afirmaba ser hija de un rey.

Comprendía que el guardia la hubiera confundido con la princesa Sabra, porque se parecía enormemente a ella y tenían más o menos la misma altura. Las dos eran de grandes ojos marrones y de rasgos similares, pero aquella mujer llevaba gafas y la princesa no usaba. Además, había otro detalle que no le había pasado desapercibido: Sabra nunca había despertado en él ningún interés, sin embargo, el corto contacto físico que había tenido con Zara lo había dejado intrigado.

Zara suspiró entonces, abrió su bolso y sacó un fajo de cartas.

– Mi madre nunca me dijo quién era mi padre. No tenía fotografías ni pertenencias suyas y ni siquiera hablaba sobre el tiempo que habían pasado juntos. Supuse que habría sido una aventura pasajera, tal vez con un hombre casado, pero nunca imaginé nada parecido… -explicó-. Mi madre era bailarina, ¿sabes? Y una mujer preciosa. Así que los hombres siempre andaban detrás de ella.



7 из 133