
Zara se detuvo un momento antes de continuar.
– Mi madre también tenía algunas joyas, aunque fue vendiéndolas casi todas, con el paso de los años, para sobrevivir. Murió hace ocho años y supuse que la historia de mi padre también había muerto con ella, pero…
– ¿Por qué habéis venido? -preguntó él.
– Hace unos meses, un abogado me envió una factura y me quedé extrañada porque no lo conocía. Fui a verlo y resultó ser el abogado de mi madre, que tenía esas cartas y otras pertenencias suyas. Cuando leí las cartas, comprendí que…
– Que podías ser la hija del rey – la interrumpió él-. ¿Puedo verlas?
Zara negó con la cabeza.
– No. Y ahora, nos gustaría volver a nuestro hotel y olvidar lo sucedido.
– Pero, ¿qué estás diciendo? -protestó Cleo.
Zara hizo caso omiso.
– Esto ha sido un error. No quiero seguir aquí ni un segundo más- ¿Podrías indicarnos la salida?
Rafe consideró las opciones. Cabía la posibilidad de que aquella mujer hubiera renunciado a su plan original o de que quisiera tiempo para inventarse algo mejor, pero también era posible que tuviera intención de dirigirse a los medios de comunicación para organizar un escándalo. En cualquier caso, decidió que sería mejor no perderla de vista.
– ¿Qué os parece si os acompaño personalmente al hotel? Será una forma de excusarme por lo sucedido.
– Limítate a indicarnos la salida y nos marcharemos.
– Debo insistir en acompañaros.
Zara no parecía muy contenta con la idea, pero asintió de todos modos. Entonces, Rafe les pidió que esperaran allí porque tenía que cambiarse de ropa y aseguró que volvería en diez minutos.
– ¿Se puede saber qué estás haciendo? -preguntó Cleo cuando se quedaron a solas- ¿Por qué quieres volver al hotel? Esta es tu oportunidad de conocer al rey…
