
Zara dejó su limonada sobre la mesa y caminó hasta la ventana.
– ¿Es que no te has dado cuenta todavía? Por la forma en que nos mira, es evidente que cree que somos un par de busconas que se han presentado aquí para sacar dinero.
– Bueno, eso forma parte del papel de una princesa…
– Estoy hablando en serio. No nos cree. Piensa que intentamos extorsionar el rey o algo parecido.
Zara se cruzó de brazos. Había pensado mucho en el viaje a Bahania y había considerado con detenimiento las distintas posibilidades. Estaba preparada para que el rey le dijera que no era su hija, para que no quisiera aceptarla o incluso para que la tomara por loca. Pero no para que alguien pensara que se había presentado en el país por dinero.
– ¿Por qué no se enamoró mamá de un banquero o de un ejecutivo? ¿Por qué tuvo que acostarse con el rey de Bahania?
Cleo no respondió. Resultaba evidente que no entendía la actitud de Zara.
En ese instante se abrió la puerta y reapareció Rafe, que preguntó:
– ¿Estáis preparadas?
Zara se quedó sin habla. Rafe ya le había parecido un hombre atractivo, pero en aquel momento, vestido con un traje muy elegante, le resultó absolutamente arrebatador.
Se había quitado el típico tocado de los países del Golfo Pérsico y ahora podía ver su cabello rubio, muy corto, severo y sexy a la vez. Su mandíbula era fuerte; su boca, perfecta; y aunque sus ojos resultaban tan fríos como antes, su mirada la estremeció de un modo indudablemente cálido.
Nunca se había sentido así ante ningún hombre. Estaba paralizada, incapaz de moverse e incluso incapaz de pensar.
Había viajado hasta el otro extremo del mundo para hablar con un hombre que podía ser su padre. Pero en el corto espacio de una hora, había cambiado varias veces de opinión, la habían tirado al suelo, la habían apuntado con una pistola, habían insinuado que era una cazafortunas e incluso se había quedado sin aliento ante un desconocido.
