
Philip Hull miró a Wilson. No había falsa modestia en sus palabras, le dijo con los ojos, ella sabía mejor que nadie cómo funcionaba la promoción en el servicio exterior.
– ¿Me harás este favor? -dijo Hull-. ¿Permanecerás atenta y, a la vez, dejarás dormir este asunto en tus informes?
– Será mi último favor -sonrió Wilson-. Pero sé prudente. La guerra de Irak va a empezar cualquier día. No es momento para experimentos. Si encuentras algo raro, no dejes de avisarme.
Después los dos miraron sus relojes con naturalidad. Era el 26 de febrero.
Laura Bahía pidió permiso para salir un poco antes de la asesoría fiscal donde Trabajaba. Se lo dieron, no sin insinuarle que esa tarde tendría que quedarse más tiempo.
Durante el día, Laura se recogía el pelo y nunca llevaba ropa de segunda mano. Entró así vestida en la boca del metro, pero al salir, cerca ya del hotel donde tenía la cita, dobló con cuidado una americana de tweed y la metió en la mochila después de sacar un jersey negro de cremallera que le llegaba hasta los muslos. Por simpatía hacia el jersey, sus pantalones de pana negros parecieron avejentarse, así como sus zapatos de piel vuelta. Llegó a la cita con cinco minutos de antelación.
La sorprendió encontrar a una mujer, aunque enseguida se reprochó la sorpresa. La mujer tendría algo más de treinta años. Según Laura había llegado a saber, en Portugal estaba gestándose un grupo clandestino ligado a la extrema izquierda. Al parecer, el grupo se proclamaba contrario a la propiedad privada y contrario también al terrorismo en cuanto estrategia política.
