
La agregada de seguridad entró con varios papeles en la mano. Tenía treinta y nueve años. Aunque no ocultaba su ambición, sabía ser paciente y por ambos motivos Hull confiaba en ella.
– Bueno, ¿qué te parece? -preguntó Hull señalando con la cabeza los papeles de Wilson, el primero de los cuales era un informe sobre las nuevas fuentes de la Embajada de Cuba que Hull le había hecho llegar con el ruego de que no lo difundiera.
– ¡De momento, nada especial! Se lo encargaré a George o a Elisabeth. Tiene aspecto de ser una estratagema. Y, en todo caso, conviene saber más antes de tomar cualquier decisión.
– Me gustaría, si crees que es posible, ocuparme yo, personalmente.
– ¿Por qué? -quiso saber Wilson con una inquietud que a Hull le hizo sonreír.
– Por nada especial. Es algo tan tonto como que sólo me quedan cinco meses en Madrid y necesito un poco de aire.
– ¿Aire?
– Aire libre, salir, moverme por lugares que no sean salas de recepciones y mesas de convenios. -De pronto Hull añadió-: Te invito a un café.
No era algo que hiciera a menudo. Y menos con aquella mujer a quien había besado una sola vez un año atrás. La besó por sorpresa al doblar ambos la esquina de una calle cuando regresaban de un acto oficial, sin que le impulsara la violencia del deseo ni tampoco un sentimiento de autocompasión y búsqueda de protección. Iban los dos andando, era de noche, apenas les quedaban unos metros para llegar al sitio donde esperaba el coche de la embajada. Hull se imaginó preguntándole qué pasaba en su noche mientras su marido dormía, sus dos hijas dormían, a ella un ruido inesperado la hacía abrir los ojos y, entonces, transcurrían varios minutos hasta que recobraba el sueño. En vez de preguntar, Philip Hull había intentado robar esos minutos cuando su boca halló unos labios sorprendidos que no se entreabrieron. Tal vez no había nada en esos minutos, un repaso de la agenda, un recuerdo del día o una anticipación.
