
En la cafetería estuvieron considerando qué buscaban los cubanos. Marian Wilson le recriminaba por haber retenido el informe.
– Es el tipo de cosas que le gustan al consejero -se excusó Hull-. Lo escribe entre exclamaciones, se lo entrega a la ministra en una bandeja: «Los cubanos envían a una española a entablar contacto con grupos; algunos podrían estar relacionados con la lucha armada.» Y codo se precipita y se crean problemas y platos rotos antes de tiempo.
– Pero yo pienso como tú, creo que es una estratagema -dijo Wilson-. Los de inteligencia tenemos demasiada mala fama. Si me lo hubieras mostrado antes, yo habría esperado. En cambio, si por lo que sea el informe llega a filtrarse sin haber pasado por mí, habrías tenido serios problemas.
Hull conocía a Wilson y quiso apurar cualquier duda. -¿Y si tú y yo nos equivocamos? -preguntó-.;No pueden estar haciéndolo de forma tan burda precisamente para que pensemos que quieren otra cosa?
Marian sujetó su cara con las dos manos. Conservaba una gestualidad de estudiante que a veces la hacía parecer mucho más ¡oven de lo que era.
– Están acorralados. Están en la cuenta atrás. No se van a meter ahora de verdad en ese lío. Grupúsculos armados, inmaduros, vulnerables. No lo creo.
