Pero tal vez hubiera desilusión y rabia, y Hull quería tocarlas con su lengua. Después miró a Marian Wilson, lo siento, ha sido un impulso, tengo problemas: no volverá a ocurrir. Al día siguiente, Hull tuvo que contarle sus problemas en la cafetería de la embajada. Le habló de aquella chica de Nicaragua y mintió un poco. Mintió también al contarle la historia de la muerte de su ex mujer y supo que había logrado cerrar el caso. Ese beso fallido ya no se interpondría en su relación profesional. Supo también que él seguiría como hasta entonces, noches de rabia quieta, ardiente la mejilla, todo lo que no haría golpeando sus sienes como el granizo.

En la cafetería estuvieron considerando qué buscaban los cubanos. Marian Wilson le recriminaba por haber retenido el informe.

– Es el tipo de cosas que le gustan al consejero -se excusó Hull-. Lo escribe entre exclamaciones, se lo entrega a la ministra en una bandeja: «Los cubanos envían a una española a entablar contacto con grupos; algunos podrían estar relacionados con la lucha armada.» Y codo se precipita y se crean problemas y platos rotos antes de tiempo.

– Pero yo pienso como tú, creo que es una estratagema -dijo Wilson-. Los de inteligencia tenemos demasiada mala fama. Si me lo hubieras mostrado antes, yo habría esperado. En cambio, si por lo que sea el informe llega a filtrarse sin haber pasado por mí, habrías tenido serios problemas.

Hull conocía a Wilson y quiso apurar cualquier duda. -¿Y si tú y yo nos equivocamos? -preguntó-.;No pueden estar haciéndolo de forma tan burda precisamente para que pensemos que quieren otra cosa?

Marian sujetó su cara con las dos manos. Conservaba una gestualidad de estudiante que a veces la hacía parecer mucho más ¡oven de lo que era.

– Están acorralados. Están en la cuenta atrás. No se van a meter ahora de verdad en ese lío. Grupúsculos armados, inmaduros, vulnerables. No lo creo.



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