Yo no dije nada; simplemente asentí con la cabeza y seguí sentado con el vaso en la mano.

– Usted está pensando que esa idea se me pudo haber ocurrido un poco antes -dijo con tranquilidad.

– Pienso que detrás de todo esto hay algo que no me incumbe. ¿El trabajo es seguro o no es más que una esperanza?

– Es seguro. Un amigo que conocí muy bien en el ejército dirige allí un gran salón de baile, el Terrapin Club. Por supuesto, es medio chantajista, todos lo son, pero por lo demás es un tipo excelente.

– Puedo hacerme cargo del pasaje de ómnibus y de algo más. Pero lo haré siempre que esto le proporcione algo que le dure por algún tiempo. Será mejor que lo llame por teléfono.

– Gracias, pero no es necesario. Randy Starr no dejará de ayudarme. Siempre lo ha hecho. Y puedo empeñar la maleta por cincuenta dólares. Lo sé por experiencia.

– Oiga -le contesté-, le daré lo que necesita. No soy esos infelices de corazón blando, así que mejor tome lo que le ofrecen y que le vaya bien. Quiero sacármelo de encima porque tengo un presentimiento desde que lo conocí.

– ¡No me diga! -miró el contenido del vaso y continuó bebiendo-. Sólo nos hemos encontrado dos veces y en ambas oportunidades se portó conmigo como un hombre más que derecho. ¿Qué clase de presentimiento tiene?

– Siento que la próxima vez lo encontraré en dificultades peores, de las cuales no podré sacarlo. No sé por qué tengo esa sensación, pero sólo sé que la tengo.

Con la punta de los dedos se tocó el lado derecho de la cara.

– Quizá sea por esto. Supongo que me hace parecer un poco siniestro. Pero es una herida honorable… o al menos el resultado de algo honorable.

– No se trata de eso. Eso no me molesta para nada. Soy detective privado. Usted constituye un problema que yo no tengo que resolver, pero el problema existe. Llámelo corazonada. Si quiere ser cortés en extremo, llámelo intuición. Quizás aquella joven no lo dejó plantado en The Dancers solamente porque estaba borracho. Tal vez tuviera también un presentimiento.



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