
– Yo la llamo Frisco -dijo-. Al demonio con todos esos grupos minoritarios. Gracias. -Agarró el dólar y se fue.
Nos dirigimos a uno de esos lugares al aire libre donde sin bajar del coche se puede comer algo. Terry Lennox comió un par de hamburguesas bastante apetitosas y tomó una botella de cerveza. Luego lo llevé a mi casa. Todavía le resultaba difícil subir los escalones, pero haciendo muecas y jadeando consiguió hacerlo. Una hora más tarde se había afeitado y bañado y parecía de nuevo un ser humano. Nos sentamos y yo preparé una bebida muy suave.
– Es una suerte que se haya acordado de mi nombre -le dije.
– Me propuse hacerlo. También averigüé dónde vivía. Era lo menos que podía hacer.
– ¿Y entonces por qué no me llamó? Vivo aquí permanentemente y también tengo una oficina.
– ¿Por qué habría de molestarlo?
– Me parece que usted tiene que molestar a alguien Me parece que no tiene muchos amigos.
– ¡Oh! Tengo amigos -dijo- de cierta clase -Colocó el vaso encima de la mesa. -No es fácil pedir ayuda… especialmente si toda la culpa es de uno. -Me miró con una sonrisa cansada y agregó:
– Quizá pueda dejar la bebida uno de estos días. Todos dicen eso, ¿no es cierto?
– Desacostumbrarse lleva alrededor de tres años.
– ¿Tres años? -Pareció disgustado
– Por lo general es así. Es un mundo diferente. Hay que acostumbrarse a un juego de colores más pálidos, a un conjunto de sonidos más tranquilos. Hay que contar también con las recaídas. Toda la gente que usted conocía bien, llegará a serle un poco extraña. La mayor parte de ellos ni siquiera le gustarán y usted tampoco a ellos
– Eso sí que sería un cambio -dijo.
Se dio vuelta y miró al reloj.
– En la estación de ómnibus de Hollywood dejé una maleta, que vale doscientos dólares, en el depósito de equipajes. Si pudiera rescatarla me compraría una más barata y empeñaría la otra; así podría conseguir dinero suficiente como para llegar a Las Vegas en ómnibus. Allí puedo conseguir trabajo.
