
Terry sonrió débilmente.
– En una época estuve casado con ella. Se llama Sylvia Lennox. Me casé por su dinero.
Me puse de pie y lo miré frunciendo el ceño.
– Le prepararé unos huevos revueltos; necesita alimentarse.
– Espere un minuto, Marlowe. Usted se preguntará por qué si estoy en las últimas y Sylvia tiene tanto dinero no le he pedido algunos dólares. ¿Conoce la palabra orgullo?
– Eso es terriblemente divertido. Lennox.
– ¿Le parece? Mi orgullo es algo diferente de lo que usted piensa. Es el orgullo de un hombre a quien no le queda otra cosa. Siento mucho si lo estoy aburriendo.
Me dirigí a la cocina y preparé huevos revueltos con tocino canadiense, tostadas y café. Comimos en la antecocina, donde acostumbro a tomar mis desayunos, en un rinconcito construido al efecto. La casa pertenecía a esa época en la que siempre había un comedor de diario.
Le dije que tenía que ir a la oficina y que a mi regreso recogería la maleta maleta. Pero esta casa es fácil de robar. Me dio la contraseña. Su rostro había recobrado un poco de color y los ojos ya no parecían hundidos en las profundidades del cráneo.
Antes de salir coloqué la botella de whisky en la mesa, frente al sofá.
– Use su orgullo en esto -le dije -y llame a Las Vegas, aunque sea para hacerme un favor.
Sonrió y se encogió de hombros. Bajé las escaleras sintiéndome molesto y resentido; no sabía por qué, de la misma forma que tampoco sabía por qué un hombre es capaz de morirse de hambre y vagabundear por las calles antes que empeñar su guardarropa. Era evidente que cuales quiera fueran los cánones de Terry, se atenía a ellos.
La maleta era la cosa más fenomenal que yo hubiera visto en mi vida. Era de cuero de cerdo y nueva debió haber sido de color crema pálido. Las guarniciones y cerraduras eran de oro. Estaba hecha en Inglaterra, y si uno pudiera comprarla aquí costaría una suma más próxima a los ochocientos dólares que a los doscientos.
