
Se la puse en el suelo delante del sofá. Miré la botella que estaba sobre la mesa: no la había tocado. Estaba tan sobrio como yo. Fumaba, pero me parecía muy satisfecho.
– Hablé con Randy -me dijo-. Estaba resentido por que no lo llamé antes.
– Es necesario un extraño para ayudarlo -dije, y le pregunté señalando la maleta-: ¿Regalo de Sylvia?
Miró hacia la ventana y contestó:
– No, me la regalaron en Inglaterra, antes de conocerla. Mucho tiempo antes. Me gustaría dejársela a usted si pudiera prestarme alguna maleta vieja.
Saqué de mi billetera cinco billetes de veinte dólares y los dejé caer frente a él.
– No necesito que me deje una garantía -dije.
– Esa no era mi idea. Usted no es un prestamista. Simplemente no quiero llevarla a Las Vegas. Y no necesito esta cantidad de dinero.
– Muy bien. Guárdese el dinero y yo me quedo con la maleta. Pero esta casa es fácil de robar.
– No importa -dijo con indiferencia-. No importa en absoluto.
Se cambió de ropa y a eso de las cinco y media comimos en lo de Musso. No bebimos nada. Tomó el ómnibus en Cahuenga y yo me dirigí a mi casa pensando en varias cosas. La maleta vacía estaba sobre la cama. Terry la dejó allí cuando sacó su ropa para guardarla en la maleta liviana que yo le había prestado. La maleta tenía una llave de oro en una de las cerraduras. La cerré con llave, até la llave a la manija y la coloqué en el estante superior del armario de la ropa. Me pareció que no estaba completamente vacía, pero lo que hubiera adentro no era asunto mío.
Era una noche tranquila y la casa parecía más vacía que de costumbre. Saqué el juego de ajedrez y jugué la defensa francesa contra Steinitz. Me ganó en cuarenta y cuatro movimientos, pero lo hice sudar un par de veces.
