– Aquí no saben prepararlo -dijo-. Lo que llaman gimlet no es más que jugo de lima o de limón con gin, una pizca de azúcar y licor de raíces amargas. El verdadero gimlet está hecho mitad de gin y mitad de jugo de lima de Rose y nada más. Deja chiquito al Martini.

– Nunca fui muy exigente con las bebidas… ¿Cómo se lleva con Randy Starr? Por mis barrios lo consideran un punto fuerte.

Se echó hacia atrás y quedó pensativo.

– Creo que lo es. Creo que todos lo son. Pero no lo de muestra. Podría nombrarle una buena cantidad de tipos que en Hollywood andan en el mismo negocio y se mandan la parte. Randy no se preocupa por eso, no hace ostentación. En Las Vegas es un hombre que tiene negocios legales. Vaya a verlo la próxima vez que ande por allá. Se hará amigo suyo.

– No lo creo muy probable, porque no me gustan los rufianes.

– Esa no es más que una palabra, Marlowe. Es la clase de mundo que tenemos, un mundo que nos legaron dos guerras y que tenemos que preservar. Randy, yo y otro amigo estuvimos una vez en un aprieto y eso creó una especie de vínculo entre nosotros.

– Entonces, ¿por qué no le pidió ayuda cuando la necesitó?

Vació la copa e hizo una seña al mozo.

– Porque no podía negármela.

El mozo trajo más bebida. Yo le dije:

– Esas no son más que palabras. Si por casualidad el hombre le debiera algo, usted tiene que ponerse en su lugar; él estaría contento de que se le presentara la oportunidad de devolverle el favor.

Sacudió lentamente la cabeza.

– Sé que usted tiene razón. Naturalmente le pedí trabajo, y mientras lo tuve, trabajé. Pero pedir favores o limosnas, eso no.

– Pero los recibe de un extraño.

Me miró derecho a los ojos.

– El extraño puede seguir de largo y hacerse el sordo.

Bebimos tres gimlets simples y no le hicieron absolutamente nada. Esos tragos hubieran sido bastante buena señal de partida para un verdadero borracho, de modo que pensé que quizá se hubiese curado.



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