
Después me llevó de vuelta a mi oficina.
– En casa cenamos a las ocho y cuarto -me dijo-. Sólo los millonarios pueden darse ese lujo, sólo sirvientes de millonarios aguantarían esto en nuestra época. Vendrá mucha gente encantadora.
Desde entonces tomó la costumbre de caer por mi oficina alrededor de las cinco de la tarde. No íbamos siempre al mismo bar, pero frecuentábamos el Victor más que cualquier otro. Pudiera ser que para él tuviera un significado que yo desconocía. Nunca bebía mucho, y eso lo sorprendía a él mismo.
– Debe ser algo como la fiebre ondulante -explicaba-. Cuando ataca es terrible; pero cuando pasa el acceso es como si uno nunca la hubiera sufrido.
– Lo que no alcanzo a comprender es que un tipo de su posición tenga interés en beber con un pobre detective como yo.
– ¿Quiere hacerse el modesto?
– No. Simplemente me asombra. Soy un tipo razonablemente amistoso, pero no vivimos en el mismo ambiente.
Ni siquiera sé dónde vive, excepto que es en Encino. Me imagino que su vida de hogar será la adecuada.
– No tengo ninguna vida de hogar.
Estábamos bebiendo otros gimlets. El bar estaba casi vacío. Los habituales bebedores estaban desparramados aquí y allá en los asientos, a lo largo de la barra, tratando de entonarse; esa clase de tipos que empiezan a beber muy lentamente el primero y que se vigilan siempre las manos para no voltear nada.
– No lo entiendo.
– ¿Le extraña? Producción espectacular, sin argumento, como dicen en el ambiente de cine. Creo más bien que Sylvia es feliz, aunque no conmigo necesariamente. En nuestro círculo eso carece de importancia. Siempre hay algo que hacer si uno no está obligado a trabajar o a considerar el costo. No es una verdadera diversión, pero los ricos no lo saben. Nunca han tenido otra. Nunca desean algo con todas sus ganas, excepto tal vez una esposa ajena, y ése es un deseo muy pálido comparado con la forma en que la mujer del plomero ansía comprar cortinas nuevas para su living.
