Guardé silencio y dejé que siguiera adelante.

– La mayor parte del día no hago más que matar el tiempo -prosiguió-, y pasa muy lentamente. Un poco de tenis, algo de golf y de natación, un paseo a caballo, y el placer exquisito de observar cómo los amigos de Sylvia tratan de contenerse durante el almuerzo para comenzar después a emborracharse.

– La noche que usted se fue a Las Vegas ella dijo que no le gustaban los ebrios.

Sonrió arteramente. Me había acostumbrado tanto a su cara tajeada que sólo la notaba cuando algún cambio de expresión acentuaba su rigidez parcial.

– Quiso decir los borrachos sin dinero. Cuando se tiene dinero sólo se es un fuerte bebedor. Si empiezan a vomitar, el criado se encarga de eso.

– No tendría por qué hacer una vida así.

Terminó de un sorbo la bebida y se puso de pie.

– Tengo que salir corriendo, Marlowe. Además lo estoy aburriendo y yo también empiezo a aburrirme.

– No me aburre; estoy acostumbrado a escuchar. Más tarde o más temprano llegaré a darme cuenta de por qué le gusta ser un perrito faldero.

Con suavidad se tocó las cicatrices con los dedos. En sus labios apareció una sonrisa vaga y remota.

– Debería preguntarse por qué ella me quiere a su lado y no por qué quiero quedarme allí, acostado sobre almohadones de raso, esperando pacientemente a que me den una palmadita en la cabeza.

– A usted le gustan los almohadones de raso contesté, y me puse de pie para irme con él-. Le gustan las sábanas de seda y hacer sonar la campanilla hasta que aparece el mucamo con su sonrisa respetuosa.

– Puede ser. Me crié en un orfelinato de Salt Lake City.

Salimos a la calle. Dijo que quería caminar. Habíamos venido en mi coche y esta vez había sido lo bastante rápido como para agarrar la cuenta y pagar. Lo observé alejarse. La luz de un escaparate hizo brillar un instante su cabello blanco mientras se perdía en medio de la ligera neblina.



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