Prefería verlo borracho y caído, sin un centavo, hambriento y golpeado y orgulloso. ¿O quién sabe? Tal vez sólo me gustaba sentirme el hombre superior. Sus razones eran difíciles de calcular. En mi oficio hay un momento para hacer preguntas y un momento para dejar que el hombre se consuma hasta que no pueda más y largue todo.

Todo buen policía lo sabe. Se parece bastante al ajedrez o al boxeo. A alguna gente hay que acorralarla y hacerle perder la serenidad. Pero a otros simplemente se los abofetea y ellos terminan golpeándose a sí mismos.

De habérselo yo preguntado, él me habría contado la historia de su vida. Pero nunca le pregunté ni siquiera cómo se destrozó la cara. Si él me lo hubiera dicho, quizá se habrían podido salvar un par de vidas. Posiblemente, pero no más.

Capítulo IV

La última vez que bebimos juntos en un bar fue en mayo, a una hora más temprana que la habitual, justo después de las cuatro. Parecía cansado y más delgado, pero miró a su alrededor con sonrisa de placer.

– Me gustan los bares cuando acaban de abrirse. Cuando la atmósfera interior todavía es fresca, limpia, todo está reluciente y el barman se mira por última vez al espejo para ver si la corbata está derecha y el cabello bien peinado. Me gustan las botellas prolijamente colocadas en los estantes del bar y los vasos que brillan y la expectación. Me gusta observar cómo se prepara el primer cóctel de la noche y se coloca sobre una impecable carpeta con una servilletita doblada al lado. Me gusta saborearlo lentamente. El primer trago tranquilo de la noche, en un bar tranquilo, es maravilloso.

Estuve de acuerdo con él.

– El alcohol es como el amor -expresó-. El primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo que hacemos es desvestir a la muchacha.



20 из 376