Le serví otro trago.

– Siéntese ahí -le pedí-. No diga una palabra y quédese sentado.

La segunda vuelta pudo tomarla con una sola mano.

Me lavé rápidamente en el baño cuando volvía sonó el timbre del reloj de la cocina. Apagué el fuego y coloqué la cafetera en la mesa, sobre un pie de paja. ¿Por qué me detengo en cada uno de aquellos detalles? Porque la atmósfera cargada hacía que cada una de esas pequeñas cosas pareciera una representación, un movimiento preciso y muy importante. Era uno de aquellos momentos hipersensibles en que todos los movimientos automáticos, por más habituales, por más antiguos que sean, se convierten en actos independientes de la voluntad. Es como el hombre que aprende a caminar después de sufrir parálisis. Tiene que empezar todo de nuevo.

El café había bajado ya, el aire entró en el recipiente con su habitual bullicio, el café burbujeó y después se calmó. Saqué la parte superior de la cafetera y la puse sobre el escurridor de la tapa.

Serví dos tazas de café y a la suya le agregué una medida de whisky.

– Para usted café puro, Terry.

En la mía puse dos terrones de azúcar y un poco de leche.

En esos momentos ya estaba saliendo de mi embotamiento matutino. No sabía cómo había hecho para abrir la nevera y sacar el recipiente de leche.

Me senté frente a él. No se había movido; estaba apoyado en el rincón, rígido. De pronto, en forma inesperada agachó la cabeza sobre la mesa y comenzó a sollozar.

No prestó atención cuando me incliné sobre la mesa y le saqué la pistola del bolsillo. Era una Mauser 7.65; una belleza. La olfateé, no había disparado con ella. Solté la cámara de los cartuchos; estaba llena. No había nada en la recámara.



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