
Terry levantó la cabeza, vio el café y comenzó a tomarlo lentamente sin mirarme.
– No maté a nadie -dijo.
– Bueno… no recientemente al menos. Y tendría que limpiar la pistola. Me resulta difícil pensar que pueda matar a alguien con esto.
– Le contaré todo -expresó.
– Espere un momento.
Bebí el café lo más rápido que pude, pues estaba muy caliente, y llené la taza de nuevo.
– La cosa es así -le previne-. Tenga mucho cuidado con lo que va a contarme. Si realmente quiere que lo lleve a Tijuana, hay dos cosas que no me debe decir. Una… ¿Me escucha?
Hizo un leve signo de asentimiento. Tenía la vista clavada en la pared, arriba de mi cabeza, con los ojos muy abiertos. Las cicatrices aparecían lívidas, y aunque el rostro parecía blanco como el de un cadáver, resaltaban lo mismo.
– Una -repetí lentamente-, si ha cometido un delito o lo que la ley llama un delito… quiero decir un delito serio; no me cuente nada sobre ello. Dos, si tiene conocimiento de que se ha cometido un delito así, tampoco me lo diga. Al menos si quiere que lo lleve a Tijuana. ¿Está claro?
Me clavó la vista. Sus ojos me enfocaron, pero carecían de vida. Había tomado todo el café, y aunque seguía pálido se sentía fuerte. Le serví otra taza de la misma forma que la anterior.
– Estoy en dificultades -dijo.
– Ya lo sé, pero no quiero saber de qué se trata. Tengo que ganarme la vida y tengo una licencia que proteger.
– Podría apuntarle con la pistola -contestó.
Hice una mueca y le alcancé el arma por encima de la mesa. La miró, pero no hizo ademán de tocarla.
– No podría apuntarme con ella hasta Tijuana, Terry, ni cuando cruzáramos la frontera o llegáramos a la escalerilla del avión. Soy un hombre que ocasionalmente tiene que vérselas con pistolas. Olvidémonos de la pistola. Sería divertido que tuviera que decirle a la policía que sentía tanto miedo que me vi obligado a obedecerle. Suponiendo, claro está, que hubiera algo que decir a la policía, cosa que ignoro.
