
Me confesó que le vendría bien una taza de café. Cuando se lo di comenzó a sorberlo con cuidado, sosteniendo el plato muy cerca de la taza.
– ¿Cómo vine a parar aquí? -preguntó, mirando a su cuerpo.
– Usted salió medio borracho de The Dancers en un Rolls Royce. Su amiga lo dejó plantado en la calle. -le dije.
– Comprendo -contestó-. No hay duda de que estaba plenamente justificada al hacerlo.
– ¿Usted es inglés?
– He vivido en Inglaterra, pero no nací allí… Si pudiera llamar un taxi me iría ahora mismo.
– Hay uno que le está esperando.
Bajó las escaleras por sus propios medios. Durante el viaje a Westwood no habló mucho, excepto agradecerme por acompañarlo y decirme que lamentaba causarme tanta molestia. Probablemente había dicho aquello con tanta frecuencia y a tanta gente que sonaba como algo automático. Su departamento era pequeño, interior y totalmente impersonal. Podría haberse pensado que acababa de mudarse esa tarde. Frente a un duro sofá de color verde fuerte había una mesa encima de la cual se amontonaban una botella de whisky medio vacía, un recipiente con hielo derretido, tres botellitas vacías de soda, dos vasos, y un cenicero de vidrio lleno de colillas con y sin huellas de lápiz labial. En la habitación no había ninguna fotografía u otro objeto de carácter personal. Podía haber sido una de esas habitaciones de hotel que se alquilan para una reunión o una despedida, para tomar unas copas y charlar o para una cita de amor. No parecía un lugar donde viviera alguien.
Me ofreció tomar algo y yo se lo agradecí, pero sin aceptar.
