
No volvió a nombrar a la muchacha. Tampoco mencionó el hecho de no tener trabajo, ni perspectivas de conseguirlo, ni que su último dólar se había ido en pagar la cuenta en The Dancers para una sedosa muñeca de alta sociedad que ni siquiera se quedó el tiempo suficiente para asegurarse que un auto no le pasara por encima.
Al bajar por el ascensor sentí el impulso de volver a subir y llevarme la botella de whisky. Pero no era asunto de mi incumbencia y, de todos modos, eso nunca sirve de nada. Siempre se encuentra la forma de conseguir bebida si se desea.
Me dirigí a casa reflexionando sobre lo ocurrido. Creo ser un tipo duro, pero había algo en ese muchacho que me impresionó. No sabía qué era, a menos que se tratara del cabello blanco, las cicatrices en la cara, su voz clara y su cortesía. Tal vez todo aquello fuera suficiente. No había motivo para pensar que podría volver a verlo. Era simplemente un caso perdido, como había dicho la joven.
Capítulo II
Volví a verlo una semana después del Día de Acción de Gracias. Los negocios situados a lo largo del Hollywood Boulevard estaban comenzando a llenarse con la quincalla de Navidad, marcada a precios siderales, y los periódicos habían empezado a chillar sobre lo terrible que sería si uno no hiciera a tiempo las compras de Navidad. De todas formas sería terrible; siempre lo es. Me hallaba a tres manzanas de mi oficina cuando vi un coche policial estacionado, en cuyo interior había dos policías contemplando algo que había en la acera al lado de un escaparate. La cosa en cuestión era Terry Lennox -o lo que quedaba de él-, y ese resto no tenía nada de atractivo.
