
Estaba apoyado contra el negocio. Debía apoyarse contra algo. La camisa, sucia y abierta en el cuello, asomaba en parte por debajo de la americana. No se había afeitado desde hacía cuatro o cinco días. Parecía consumido. Su tez estaba tan pálida que casi no se notaban las finas cicatrices del rostro, y los ojos eran como cavidades horadadas en un banco de nieve. Era evidente que los dos policías se aprestaban a atraparlo, de modo que me acerqué a él rápidamente y lo tomé por el brazo.
– Enderécese y camine -le dije en tono firme mientras le hacía una guiñada de soslayo-. ¿Puede hacerlo? ¿Está borracho?
Me dirigió una mirada vaga y luego sonrió con esa media sonrisa suya.
– Estuve borracho -exhaló-, pero ahora creo que simplemente estoy un poco… vacío.
– Muy bien, pero mueva los pies. Está a punto de que se lo lleven por ebriedad.
Hizo un esfuerzo y dejó que lo condujera entre los transeúntes hasta llegar al borde de la acera. Había allí una parada de taxis; de un tirón traté de abrir la puerta del que estaba justo frente de nosotros.
– Aquél sale primero -indicó el chófer señalando con el dedo el auto que estaba adelante. Volvió la cabeza y vio a Terry-. Es por turno.
– Es que se trata de un caso urgente. Mi amigo está enfermo.
– Sí -dijo el chofer-. Podría haber enfermado en cualquier otra parte.
– Cinco dólares -le ofrecí -y a ver si me dirige una de sus hermosas sonrisas.
– Oh, está bien -contestó-, y puso detrás del espejo una revista con un marciano en la portada. Abrí la puerta, metí a Terry Lennox y en ese momento la sombra del coche patrullero bloqueó la ventanilla del otro lado del taxi. Un policía de cabello gris bajó del auto y se acercó. Di la vuelta alrededor del taxi y salí a su encuentro.
