– Un momento, amigo. ¿Qué pasa aquí? ¿El caballero de la camisa sucia es realmente íntimo amigo suyo?

– Bastante íntimo como para saber que necesita un amigo. No está borracho.

– No le alcanza el dinero, sin duda -dijo el vigilante. Extendió la mano y yo le entregué mi licencia. La miró y me la devolvió.

– ¡Ajá! -exclamó, y con voz fuerte agregó-: Esto me dice algo sobre usted, señor Marlowe. ¿Qué hay de su amigo?

– Se llama Terry Lennox. Trabaja en películas.

– ¡Qué bien! dijo el agente sarcásticamente. Se asomó al interior del taxi y contempló a Terry acurrucado en un rincón-. Se diría que no ha trabajado demasiado en los últimos tiempos. Se diría que no durmió demasiado bajo techo últimamente. Hasta se diría que es un vagabundo y que tal vez por eso deberíamos meterlo adentro.

– Su hoja de arrestos no puede ser tan baja -repliqué-. No en Hollywood.

– ¿Cuál es el nombre de su amigo? -preguntó mirando a Terry.

– Philip Marlowe -dijo Terry lentamente-. Vive en la avenida Yucca, en Laurel Canyon.

El policía apartó la cabeza de la ventanilla, se dio vuelta e hizo un ademán.

– Pudo habérselo dicho hace unos instantes -masculló.

– Pude haberlo hecho, pero no lo hice.

Me miró fijamente durante uno o dos segundos.

– Por esta vez lo dejaré pasar, pero sáquelo de la calle.

– Volvió a subir al coche patrullero y se alejó.

Subí al taxi que nos llevó a tres manzanas de allí, hasta la playa de estacionamiento donde tenía mi coche. Le entregué al chofer el billete de cinco dólares, pero el hombre me dirigió una mirada firme y sacudió la cabeza.

– Sólo lo que está marcado en el taxímetro, compañero, o simplemente un dólar si es que tiene ganas. Yo también he estado fuera de combate y sé lo que es eso. En Frisco. Nadie me recogió en ningún taxi. Es una ciudad que tiene corazón de piedra.

– San Francisco -corregí mecánicamente.



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