John había perdido a sus padres en un accidente de coche y no tenía a nadie con quien hablar, nadie a quien contarle lo que Eloise le hacía a su hija.

Gabriella se había convertido en un modelo de niña. Apenas hablaba, recogía la mesa con esmero, doblaba su ropa meticulosamente, obedecía a pie juntillas y jamás replicaba. Tal vez Eloise estuviera en lo cierto. Había que reconocer que los resultados eran impresionantes. Y cuando se sentaban a la mesa Gabriella no hablaba y mantenía sus ojos abiertos en par en par.

Sin embargo, a los ojos menos generosos de su madre Gabriella estaba muy lejos de ser una niña modélica. Siempre encontraba algún motivo para regañarla, castigarla o azotarla. Con el tiempo las palizas se hicieron más prolongadas y frecuentes. Los cachetes regían cualquier intercambio entre ellas, como también las sacudidas, los golpes y las bofetadas. John temía que algún día Eloise hiriera seriamente a la niña, pero se guardaba su opinión. Para él la discreción era la mejor de las virtudes y procuraba convencerse de que Eloise no estaba obrando mal, pero también se aseguraba de no ver nunca los moretones. Según Eloise, la niña era torpe y se caía a cada momento, de modo que no podían dejarla ir en bicicleta o aprender a patinar. Las privaciones que le imponían buscaban protegerla, y los morados constituían la prueba de que Gabriella era tan torpe como aseguraba su madre.

Para cuando cumplió seis años, las palizas se habían convertido en algo habitual. John las evitaba, Gabriella las esperaba y Eloise las disfrutaba. Ésa se habría puesto hecha una fiera si alguien le hubiera sugerido esto último. Las palizas eran por el bien de la niña, decía. Eran “necesarias”. Impedían que la cría les saliera más mimada de lo que ya estaba. Y Gabriella sabía que era una niña muy mala. De lo contrario su madre no tendría que pegarle, de lo contrario su padre impediría que su madre la zurrara, de lo contrario ambos la querrían. Pero ella sabía mejor que nadie que no se merecía el cariño de sus padres, que sus faltas eran terribles. Lo sabía porque su madre se lo decía.



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