
– No tenías por qué hacerlo -dijo John con calma cuando Eloise regresó a la mesa para servirse otra taza de café con mano temblorosa.
– Si no lo hago tu hija acabará siendo una delincuente juvenil. La disciplina es buena para los niños.
John había tenido padres benévolos y todavía no daba crédito a la reacción de Eloise. Por otro lado, sabía que Gabriella sacaba de quicio a su madre. Eloise no había vuelto a ser la misma desde que la niña nació y ahora siempre estaba enojada con John. Hacía tiempo que las esperanzas de tener una familia numerosa y feliz se habían desvanecido para él.
– Ignoro qué hizo para ponerte así, pero seguro que no fue tan grave.
– Rompió un plato a propósito. No pienso permitir esta clase de berrinches en mi casa.
– A lo mejor lo hizo sin querer -repuso John para intentar calmar a su esposa, pero sólo consiguió irritarla aún más.
Dijera lo que dijera para defender a su hija, Eloise siempre se negaba a escucharle.
– Disciplinar a Gabriella es tarea mía. Yo no te digo cómo tienes que dirigir la oficina -masculló y se levantó de la mesa.
En seis meses, la “disciplina” de Gabriella se convirtió en una tarea de jornada completa para Eloise. Siempre había alguna falta que merecía un azote, una bofetada o una paliza, como jugar sobre el césped del jardín y mancharse las rodillas de verde, o retozar con el gato de los vecinos y recibir un arañazo en el brazo. Pero el día que Gabriella se cayó en la calle y se manchó el vestido y los calcetines de sangre, la ofensa le costó la peor paliza recibida hasta entonces, justo antes de su cuarto cumpleaños. John sabía lo de las palizas y las presenciaba a menudo, pero se veía incapaz de detener a Eloise. Y si intentaba consolar a su hija la situación empeoraba, de modo que era más fácil aceptar las explicaciones de Eloise. Al final decidió que era preferible callar y tratar de no pensar. Se decía que a lo mejor Eloise tenía razón. Quizá la disciplina era buena para los niños.
