
Gabriella sonrió cuando en el vestíbulo entró una mujer rubia muy bonita. Marianne Marks lucía un vestido de gasa blanca que parecía flotar y estaba h ablando con su marido. Era una amiga íntima de los padres de Gabriella y su esposo trabajaba con John. De su cuello pendía un collar de diamantes, y sus manos aceptaron con elegancia la copa de champán que le ofrecía el camarero. En ese momento alzó instintivamente la vista y vio a Gabriella. Una aureola fulgurante rodeaba la cabeza de Marianne. Entonces la niña se dio cuenta de que los destellos provenían de una pequeña diadema de diamantes. Marrianne Marks parecía la reina de las hadas.
– ¡Gabriella! ¿Qué haces ahí arriba? -preguntó la mujer con una dulce sonrisa a la niña del camisón de franela rosa oculta en el último escalón.
– Shhh… -se llevó un dedo a los labios y frunció el entrecejo. Si sus padres la descubrían, tendría serios problemas.
– Oh… -Marianne Marks comprendió la situación, o por lo menos eso creía, y echó a correr escaleras arriba. Llevaba unas sandalias de raso blanco con tacón y no hizo ningún ruido. Su marido esperaba abajo contemplando sonriente a su mujer y a la hermosa niña que ahora susurraba algo a Marianne mientras ésta le daba un abrazo-. ¿Qué haces aquí? ¿Contemplando a los invitados?
