
– ¡Estás guapísima! -exclamó Gabriella al tiempo que respondía con un asentimiento de la cabeza.
Marianne Marks era todo lo que su madre no era: guapa y rubia, de ojos grandes y azules como los suyos y una sonrisa que iluminaba cuanto había a su alrededor. Para Gabriella era casi mágica y a veces se preguntaba por qué no podía tener una madre como ella. Marianne tenía aproximadamente la misma edad que Eloise y su rostro se entristecía cada vez que explicaba que no tenía hijos. A lo mejor todo era un error, a lo mejor Gabriella estaba destinaba a una mujer como Marianne pero había ido a parar a sus padres porque era muy mala y merecía que la castigaran. No podía imaginarse a Marianne castigando a nadie. Era demasiado dulce y amable y siempre parecía feliz. Y cuando se inclinó para besarla, Gabriella pudo oler el delicioso aroma de su perfume. Odiaba el perfume de su madre.
– ¿Por qué no bajas un rato? -le preguntó Marianne, deseosa de cogerla en brazos y llevársela abajo.
La pequeña le tenía conquistado el corazón. Todo en ella le hacía querer amarla y protegerla. Gabriella era una de esas almas frágiles que conmovían, y cuando Marianne le cogió la mano, sus dedos menudos y fríos le dieron un tirón fuerte e implorante.
– No, no… no puedo bajar… -susurró-. Mamá se enfadaría mucho. Debería estar en la cama. -Gabriella conocía el castigo por levantarse en contra de las órdenes de su madre, pero la tentación de observar a los invitados era demasiado grande. Y de tanto en tanto le caía un premio como éste-. ¿Es una corona de verdad?
Marianne parecía el hada madrina de Cenicienta, y Robert Marks, que la esperaba pacientemente al pie de la escalera, estaba guapísimo.
