
– Es una diadema -rió Marianne. Gabriella tenía que llamarla tía Marianne o señora Marks. El castigo por dirigirse a los adultos por su nombre de pila era severo-. Pertenecía a mi abuela.
– ¿Tu abuela era reina? -preguntó Gabriella con aquellos enormes ojos avispados que tanto enternecían el corazón de Marianne Marks.
– No, mi abuela sólo era una vieja dama de Boston. Pero conoció a la reina de Inglaterra en una ocasión y fue cuando lució esta diadema. Pensé que sería divertido ponérmela esta noche. -se la quitó con cuidado y la colocó sobre los rubios tirabuzones de Gabriella-. Ahora pareces una princesa.
– ¿De verdad? -preguntó la niña con cara de pasmo. ¿Cómo alguien tan malo como ella podía parecer una princesa?
– Ahora lo verás.
Marianne la condujo hasta un espejo antiguo que había en el pasillo. Y Gabriella se quedó boquiabierta. La hermosa mujer estaba junto a ella mirándola con una tierna sonrisa, y la diadema de diamantes refulgía sobre su cabeza.
– Oh, es preciosa… y tú también.
Fue uno de los momentos más mágicos de su corta vida, un momento que quedó grabado en su corazón. ¿Por qué Marianne era siempre tan amable con ella? ¿Por qué ella y su madre eran tan diferentes? Para Gabriella constituía un misterio inescrutable, salvo que en el fondo sabía que nunca había hecho nada para merecer una madre como Marianne.
– Eres una niña muy especial, Gabriella -dijo suavemente Marianne, y se inclinó a besarla. Luego levantó la diadema con cuidado, la prendió de nuevo en su cabeza y echó una última mirada al espejo-. Tus padres son muy afortunados de tenerte. -en ese momento la mirada de Gabriella se entristeció. Si Marianne supiera lo mala que era no diría esas cosas-. Será mejor que baje. El pobre Robert lleva rato esperándome.
Gabriella asintió con la cabeza, todavía abrumada por el comportamiento de Marianne, por el beso, la diadema, las caricias, las dulces palabras. Nunca lo olvidaría. La mujer no podía imaginar el valioso regalo que acababa de hacerle.
