
A estas alturas el armario de su cuarto ya estaría patas arriba, así como el de las herramientas, situado detrás de la cocina y el cobertizo del jardín. Vivían en el East Side, en una casa angosta con un pequeño y cuidado jardín. Su madre detestaba la jardinería, pero un japonés venía dos veces por semana para podar las plantas y segar la diminuta parcela de césped. Pero su madre, ante todo, odiaba el desorden, odiaba el ruido, odiaba la suciedad, odiaba las mentiras, odiaba los perros, y Gabriella tenía razones para sospechar que, más que cualquier otra cosa, odiaba a los niños. Los niños mentían, decía su madre, eran bulliciosos y siempre estaban sucios. Se pasaba el día ordenando a su hija que no se ensuciara, que no saliera de su cuarto, que no hiciera ruido. Gabriella no podía escuchar la radio ni utilizar lápices de colores porque lo manchaba todo. En una ocasión se destrozó su mejor vestido, cuando su padre estaba en un lugar llamado Corea. Había regresado a casa el año anterior, tras dos años de ausencia. Todavía guardaba el uniforme en el fondo de un armario. Gabriella lo vio una vez, mientras se escondía. Tenía botones brillantes y tela áspera. Nunca había visto a su padre con él. Era un hombre alto, esbelto y guapo, con unos ojos azules como los suyos y un pelo rubio también como el suyo aunque una pizca más oscuro. Y cuando regresó a casa después de la guerra, a Gabriella le recordó al Príncipe Encantado de
Cenicienta. Su madre se parecía a la reina de algunos cuentos que había leído. Era hermosa y elegante, pero siempre estaba enfadada. Se irritaba por cosas sin importancia, como los modales de Gabriella en la mesa, sobre todo cuando la comida s ele salía del plato o volcaba un vaso. Una vez derramó zumo sobre el vestido de su madre. A lo largo de los años Gabriella había hecho cosas terribles.
Se acordaba de todas ellas y se esforzaba por no repetirlas, pero no lo conseguía. No quería que su madre se enfadara con ella. No era su intención ensuciarse, derramar comida u olvidar el sombrero en el colegio. Lo hacía sin querer, le explicaba a su madre con mirada suplicante. Pero por mucho que se esforzaba, siempre acababa haciendo algo malo.