
Los tacones de aguja pasaron nuevamente por delante del armario, esta vez más despacio, y Gabriella comprendió que la búsqueda estaba tocando a su fin. Era el último lugar que quedaba por registrar y su madre iba a encontrarla de un momento a otro. La niña de los ojos grandes pensó en entregarse. Su madre le decía a veces que no la habría castigado si hubiese sido lo bastante valiente para entregarse. Pero casi nunca lo era. Lo había intentado una o dos veces, pero siempre demasiado tarde, y su madre le decía que de haber confesado un poco antes las cosas habrían sido diferentes. Todo sería diferente si Gabriella se comportara debidamente, si contestara sólo cuando le preguntaban, si mantuviese su cuarto ordenado, si no jugara con los guisantes y manchara la mesa, si no se estropeara los zapatos en el jardín. La lista de errores e infracciones era interminable. Gabriella se daba cuenta de lo mala que había sido toda su vida, de lo mucho que sus padres la querrían sólo con que les obedeciera y dejara de causarles tanto pesar. Era una niña horrible, una decepción. Ella lo sabía, y llevaba toda su corta existencia soportando esa pesada carga. Habría hecho cualquier cosa por cambiar, por ganarse el amor y la aprobación de sus padres pero hasta ahora sólo había conseguido fallarles. Su madre no se cansaba de decírselo.
Los pasos se detuvieron frente al armario y tras un breve e interminable silencio la puerta se abrió de golpe. Gabriella cerró los ojos para protegerse de la luz que se filtraba entre los abrigos. La había alcanzado un finísimo rayo, pero para ella fue como si tuviera el sol delante. Podía percibir la proximidad de su madre y el pesado aroma de su perfume. El frufrú de las enaguas fue el aviso final. Los abrigos se separaron poco a poco, creando un profundo pasadizo que llegaba hasta lo más hondo del armario.
