Y durante un largo instante sus miradas se encontraron. No se dijeron nada. Gabriella sabía que era preferible no disculparse ni llorar. Sus ojos, ya de por sí enormes, se abrieron aún más cuando vieron cómo la ira desencajaba el rostro de la mujer. Con un solo gesto agarró a Gabriella del brazo, la levantó del suelo y tiró de ella con tal fuerza que el aire le silbó en los oídos. Y en cuanto la tuvo delante le asestó el primer golpe y Gabriella cayó al suelo con estrépito. Pero no emitió ningún gemido ni sollozo cuando su madre le propinó un golpe en la coronilla, la levantó del suelo y le abofeteó la cara con violencia. Su voz fue, para Gabriella, ensordecedora:

– ¡Otra vez escondiéndote!

La mujer habría sido muy bella si sus ojos no hubiesen reflejado aquella rabia desenfrenada que le deformaba el rostro. Llevaba la melena, larga y morena, recogida en un moño holgado. Era una mujer distinguida, con una figura adorable. Llevaba un vestido de seda azul caro y elegante. Sus manos lucían dos enormes anillos de zafiros que, como siempre, se habían quedado marcados en la cara de Gabriella. La pequeña tenía un pequeño corte en la cabeza y marcas en la mejilla a causa de la bofetada. Eloise Harrison abofeteó a su hija en el oído derecho y empezó a zarandearla.

– ¡Siempre te estás escondiendo! -gritó-. ¡No haces otra cosa que darnos problemas! ¿De qué tienes miedo ahora, mocosa? Seguro que has hecho algo malo, o de lo contrario no te esconderías en el armario.

– No he hecho nada… te lo aseguro… -susurró Gabriella mientras se esforzaba por recuperar el aliento y miraba a su madre con ojos suplicantes y llenos de lágrimas. La paliza le había robado el aire y el alma-. Lo siento, mami… Lo siento…

– No es cierto… Nunca lo sientes… Siempre me estás haciendo enfadar con tu mal comportamiento. ¿Qué demonios quieres de nosotros, desgraciada? No puedo creer que tu padre y yo tengamos que soportar…



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