
– ¡Otra vez escondiéndote!
La mujer habría sido muy bella si sus ojos no hubiesen reflejado aquella rabia desenfrenada que le deformaba el rostro. Llevaba la melena, larga y morena, recogida en un moño holgado. Era una mujer distinguida, con una figura adorable. Llevaba un vestido de seda azul caro y elegante. Sus manos lucían dos enormes anillos de zafiros que, como siempre, se habían quedado marcados en la cara de Gabriella. La pequeña tenía un pequeño corte en la cabeza y marcas en la mejilla a causa de la bofetada. Eloise Harrison abofeteó a su hija en el oído derecho y empezó a zarandearla.
– ¡Siempre te estás escondiendo! -gritó-. ¡No haces otra cosa que darnos problemas! ¿De qué tienes miedo ahora, mocosa? Seguro que has hecho algo malo, o de lo contrario no te esconderías en el armario.
– No he hecho nada… te lo aseguro… -susurró Gabriella mientras se esforzaba por recuperar el aliento y miraba a su madre con ojos suplicantes y llenos de lágrimas. La paliza le había robado el aire y el alma-. Lo siento, mami… Lo siento…
– No es cierto… Nunca lo sientes… Siempre me estás haciendo enfadar con tu mal comportamiento. ¿Qué demonios quieres de nosotros, desgraciada? No puedo creer que tu padre y yo tengamos que soportar…
