
Empujó a su hija, que resbaló por el lustroso suelo, pero sólo unos centímetros, y en ese momento un zapato de tacón alto le asestó en el muslo una patada cargada de odio. Las peores magulladuras se producían siempre en los brazos, las piernas y el torso, donde la gente no podía verlas. Las marcas de la cara siempre desaparecían en unas horas. Era como si su madre supiera instintivamente dónde pegar. Tenía mucha experiencia. Llevaba años haciéndolo. Prácticamente los mismos que tenía Gabriella.
No hubo palabras de remordimiento ni de consuelo para Gabriella. Ningún esfuerzo por disculparse o aliviar su dolor. Sabía que si se levantaba demasiado pronto haría estallar de nuevo la ira de su madre, así que bajó la cabeza, y con las mejillas bañadas en un llanto silencioso, clavó la mirada en el suelo, como si quedándose así pudiera desaparecer.
– Levántate de una vez -la pequeña recibió otro tirón del brazo y una última bofetada en la sien-. Cómo te odio, Gabriella. Eres patética…Mira qué sucia estás… menuda cara.
En el rostro angelical de Gabriella habían aparecido como por arte de magia dos manchas negras que se mezclaban con las lágrimas. Cualquier persona se habría compadecido de ella, pero no su madre. Eloise Harrison era una criatura de otro mundo, todo menos una madre. Abandonada por sus padres cuando era una niña, encomendada a su tía de Minnesota, había vivido en un mundo frío y solitario con una tía soltera que apenas le dirigía la palabra y que en invierno la obligaba a cargar leña y quitar la nieve del camino. Era la época de la Depresión. Sus padres habían perdido casi todo su dinero y emigrado a Europa a vivir con lo poco que les quedaba. No había sitio para Eloise en su mundo ni en sus corazones. Habían perdido a su hijo, el hermano de Eloise, a causa de la difteria, y ninguno de los dos sentía especial aprecio por la pequeña. Eloise vivió con su tía de Minnesota hasta los dieciocho años y luego se fue a Nueva York a vivir con unos primos.
