
Eloise volvió a sus antiguas aficiones como ir de compras, salir a tomar el té por la tarde o almorzar con las amigas. Y cada vez le apetecía más salir por la noche. No tenía el menor interés por la niña. En una ocasión confesó a sus compañeras de bridge que su hija le resultaba soporífera y repulsiva. Y a las mujeres les hizo gracia la forma en que lo decía. Eloise hablaba con una franqueza que sonaba divertida. No mostraba ningún instinto maternal, pero John estaba convencido de que con el tiempo s ele iría despertando. A algunas personas simplemente no se les daban bien los niños, se decía cada vez que veía a su esposa con Gabriella. Todavía era muy joven, sólo tenía veinticuatro años, y muy guapa. Estaba seguro de que Gabriella lograría conquistar el corazón de su madre a medida que creciera. Pero ese día nunca llegó. De hecho, Eloise estuvo a punto de volverse loca cuando Gabriella empezó a gatear y encaramarse a las mesas.
– Mira como lo deja todo esa cría. Sólo rompe cosas y siempre está sucia…
– Es sólo una niña -decía John con suavidad al tiempo que levantaba a Gabriella del suelo, la abrazaba y le soplaba en la barriguita.
– ¡Ya bata! -protestaba Eloise-. Es repugnante.
Eloise, a diferencia de John, apenas tocaba a Gabriella. Su primera niñera enseguida se dio cuenta y se lo comentó a John. Según ella, Eloise tenía celos de su propia hija. A John la idea le pareció absurda, pero con el tiempo empezó a preguntarse si no habría algo de verdad en ella. Cada vez que él hablaba o abrazaba a la pequeña, Eloise se ponía furiosa. Y para cuando Gabriella cumplió dos años, le golpeaba las manos cada vez que alargaba el brazo para tocar algún objeto. En su opinión, Gabriella debía estar siempre en su cuarto.
– No podemos tenerla todo el día confinada -protestaba John cuando llegaba del trabajo y encontraba a Gabriella en su habitación.
– Lo destroza todo -respondía Eloise enfadada.
