
Luego, atiborrado de cafeína y con un pitillo recién encendido, conduce por las desiertas calles de Greenwich hasta la escena del crimen donde su superior, comisario Steve Maddox, un hombre bajo y de cabello prematuramente cano, impecable, como siempre, con su traje marrón oscuro, le espera fuera del desguace paseándose alrededor de una solitaria farola y haciendo girar en su dedo las llaves del coche.
Observa cómo se detiene el coche de Jack. Luego cruza la calle, apoya un codo en el techo, se inclina y dice:
– Espero que no hayas comido nada.
Jack pone el freno de mano y saca el paquete de tabaco de la guantera.
– Precisamente lo que me hacía falta.
– Éste ha superado su fecha de caducidad. -Maddox se aparta para que Jack salga del coche-. Hembra, parcialmente enterrada.
– ¿La has visto?
– Todavía no. El CID me ha pasado e informe. Además bueno -echa una ojeada hacia donde forman corrillo los oficiales del CID-, alguien le ha hecho una autopsia. El habitual corte en canal.
Jack se detiene en seco.
– ¿Autopsia?
– Eso he dicho.
– Seguramente la sacaron de un laboratorio forense para dar un paseo.
– Ya.
– Una trastada de estudiantes de medicina…
– Mira, no es exactamente de nuestra incumbencia -le interrumpe Maddox alzando las manos. Vuelve a mirar por encima del hombro y se inclina hacia Jack-. Pero ya sabes lo amables que son los chicos del CID de Greenwich. Sigámosles la corriente. No creo que nos perjudique ocuparnos de una pequeña carnicería.
– Ya.
– Bien -masculla Maddox incorporándose-. ¿Estás preparado?
– ¿Preparado? -Caffery cierra el coche de un portazo, y se encoge de hombros-. Por supuesto que no. ¡Cómo podría estarlo!
Se dirigieron al portón de entrada rodeando la valla. El tenue resplandor amarillo de las dispersas farolas de sodio y los esporádicos destellos de las cámaras del equipo forense iluminaban el desolado paisaje. Un kilómetro más allá, dominando el horizonte, el Millenium dome se alzaba con sus rojas luces de posición parpadeando contra las estrellas.
