– ¿Ha estado ahí durante mucho tiempo?

– No creo. A primera vista -dijo volviendo a ponerse los guantes y tendiendo a Maddox una mascarilla-, menos de una semana. Demasiado tiempo para que valga la pena andarse con prisas. Creo que deberían esperar a que amanezca para sacar al patólogo de la cama.

– ¿El patólogo? -preguntó Caffery-. ¿Está segura de que necesitamos un patólogo? Los del CID opinan que se le practicó una autopsia.

– Correcto.

– ¿Y pretende que la examine un patólogo?

– Sí. -La expresión de Quinn siguió inmutable-. Incluso ustedes deben verla. No estamos hablando de una autopsia profesional.

Maddox y Caffery intercambiaron una mirada. Se quedaron en silencio y luego Jack asintió con un gesto.

– De acuerdo. Vamos allá.

Carraspeó, cogió los guantes y la mascarilla que Quinn le tendía y, con gesto rápido, se remetió la corbata dentro de la camisa.

– Echemos un vistazo.

Incluso con guantes de látex, la inveterada costumbre del CID obligaba a Caffery a andar con las manos en los bolsillos. De vez en cuando, inquieto, perdía de vista el haz de la linterna que empuñaba la detective Quinn. A medida que se adentraban en el astillero aumentaba la oscuridad. El equipo de fotografía había terminado su trabajo y se había encerrado en su furgoneta blanca para revelar la película. La única iluminación procedía de la débil incandescencia de la cinta fluorescente que Quinn había utilizado para señalar el borde del camino o para proteger las pruebas recogidas, que esperaban la llegada del agente que se ocuparía de ellas. Avanzaban entre la niebla con recelo, dando un respingo ante la silueta de una botella, de una lata aplastada o de cualquier objeto informe.

Las cintas transportadoras y las grúas, grises y silenciosas como abandonadas montañas rusas, se elevaban más de diez metros contra la oscuridad del cielo.

Quinn levantó la mano.



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