
– Su reloj. El rey Taranis se lo dio, ¿no es cierto? -pregunté.
– ¿Usted aceptó un Rolex por parte del rey? -fue Cortez quien hizo esta pregunta. Pareció ultrajado, pero no por nosotros.
Stevens tragó, y sacudió la cabeza, negando.
– Por supuesto que no. Sería totalmente inadecuado.
– Le vi dárselo, Embajador -le dije.
Él movió sus dedos sobre el metal.
– Eso simplemente no es verdad. Está mintiendo.
– Los sidhe no mienten, Embajador, usted sabe eso. Es un hábito humano.
Los dedos de Stevens estaban frotándolo tanto que prácticamente podrían haber hecho un agujero en la correa del reloj.
– Los Oscuros son capaces de cualquier maldad. Sus mismas caras les muestran como son.
Fue Nelson quien dijo…
– Sus caras son hermosas.
– La engañan con su magia -dijo Stevens. -El rey me dio el poder de ver a través de sus engaños. -Su voz se elevaba con cada palabra.
– El reloj -repetí.
– Así que… -Shelby hizo un gesto hacia mí- ¿Su belleza es una ilusión?
– Sí -contestó Stevens.
– No -dije yo.
– Mentirosa -gritó él, empujando el respaldo de su silla haciendo que ésta saliera rodando hacia atrás. Él comenzó a avanzar hacia mí, adelantando a Biggs y Farmer.
Doyle y Frost se movieron como las dos mitades de un todo. Simplemente se plantaron delante de él, bloqueándole el paso. No había ninguna magia en ellos, excepto la fuerza de su presencia física. Stevens trastabilló hacia atrás como si lo hubieran golpeado. Su cara estaba retorcida de terror.
– ¡No, no! -gritó.
Algunos de los abogados se habían puesto en pie.
– ¿Qué le están haciendo? -preguntó Cortez.
– No puedo ver nada -consiguió contestar Veducci por encima de los gritos de Stevens.
– No le estamos haciendo nada -dijo Doyle, su profunda voz cortaba las voces más altas como el agua que penetra en la ladera de un acantilado.
