– Y un infierno que no -gritó Shelby, agregando más ruido a los gritos de Stevens y de todos los demás.

Traté de gritar por encima del ruido.

– ¡Vuelvan sus chaquetas del revés!

Nadie pareció oírme.

– ¡Cállense! -bramó Veducci, con una voz que se estrelló contra el ruido como un toro contra una cerca. La habitacion quedó en un atontado silencio. Incluso Stevens paró de gritar y contempló a Veducci, quien siguió con una voz más tranquila. -Vuelvan sus chaquetas del revés. Es una forma de romper el encanto. -Él agitó su cabeza hacia mí, casi una reverencia. -Olvidé eso.

Los demás vacilaron durante un segundo. Pero Veducci se quitó su propia chaqueta y la volvió del revés, poniéndosela otra vez. Eso pareció poner en marcha a los demás, porque la mayoría comenzaron a quitarse las chaquetas.

– Llevo puesta una cruz. Pensé que me protegía del encanto -dijo Nelson, mientras doblaba su chaqueta mostrando las costuras.

Yo le contesté…

– Las cruces y los versos de la Biblia sólo surtirían efecto si fuéramos demonios. Para bien o para mal, no tenemos ninguna relación con la religión cristiana.

Ella apartó la mirada como si se avergonzara de encontrar mis ojos.

– No quería dar a entender eso.

– Por supuesto que no -contesté. Mi voz sonó vacía cuando lo dije. Había escuchado ese insulto demasiadas veces para que me tocara el corazón. -Una de las primeras cosas que hizo la Iglesia en sus primeros tiempos fue tachar de maligno todo aquello que no podía controlar. Y el mundo feérico era algo que ellos no podían controlar. Mientras que la Corte Luminosa parecía ser cada vez más humana y amigable, otras partes del mundo mágico de las hadas que no pudieron o no quisieron vivir al estilo humano llegaron a formar parte de la Corte Oscura. Ya que las cosas que los humanos perciben como espantosas pertenecen la mayor parte de las veces a la Corte de la Oscuridad, fuimos tachados como el mal a través de los siglos.



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