– Sí, soy el Embajador de los Estados Unidos en las Cortes de las Hadas.

– ¿Pero nunca ha pisado la Corte Oscura? -preguntó Shelby.

– Uh… -soltó Stevens, jugueteando con la correa de su reloj-, encuentro a la Reina Andais un poquito menos cooperativa.

– ¿Qué significa eso? -inquirió Shelby.

Le observé jugar con el reloj, y una diminuta brizna de concentración me mostró que había magia en él o dentro de él. Respondí por él.

– Significa que él piensa que la Corte Oscura está llena de monstruos y perversión.

Ahora todos estaban mirándolo. Si hubiera sido debido a la ejecución de un encanto por nuestra parte, no lo habrían notado.

– ¿Es eso verdad, Embajador? -preguntó Shelby.

– Nunca diría tal cosa.

– Pero lo cree -dije suavemente.

– Tomaremos nota de esto, y puede estar seguro de que las autoridades correspondientes serán informadas del flagrante abandono de sus deberes -le comunicó Shelby.

– Soy leal al Rey Taranis y a su corte. No es culpa mía que la Reina Andais sea una sádica sexual, y que esté completamente loca. Ella y su gente son peligrosos. Lo he dicho durante años y nadie me ha escuchado. Ahora nos encontramos ante estas acusaciones que prueban todo lo que he estado diciendo.

– ¿Entonces usted les dijo a sus superiores que temía que la guardia de la reina violara a alguien? -preguntó Veducci.

– Bueno, no, no exactamente.

– ¿Entonces qué les dijo? -preguntó Shelby.

– Les dije la verdad, que yo temía por mi seguridad en la Corte de la Oscuridad, y que no estaría cómodo allí sin una escolta armada -Stevens se levantó, era bastante alto y muy seguro de sí mismo. Señaló hacia Frost y Doyle. -Mírelos, son aterradores. De cada uno de ellos irradia el potencial para cometer cualquier carnicería.

– Sigue tocando su reloj -le dije.

– ¿Qué? -dijo, parpadeando hacia mí.



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