
– ¡Ustedes son el mal! -gritó Stevens. Sus ojos se desorbitaron, su pulso corría desbocado, y su cara estaba pálida y le caían gotas de sudor.
– ¿Está enfermo? -preguntó Nelson.
– En cieto modo -dije suavemente y no estaba segura de si alguien en la habitacion me oyó. Quienquiera que hubiera hechizado el reloj había hecho un trabajo estupendo, o uno muy malo. El hechizo estaba forzando a Stevens a ver pesadillas cuando nos miraba. Su mente no podía hacer frente a lo que estaba viendo y sintiendo.
Me giré hacia Veducci.
– El embajador parece enfermo. ¿Quizás le debería ver un médico?
– No -gritó Stevens. -No. ¡Sin mí, ellos tomarán sus mentes! -Él agarró Biggs, que era quien estaba más cerca. -Sin el regalo del rey creerán todas sus mentiras.
– Creo que la princesa tiene razón, Embajador Stevens -dijo Biggs. -Creo que está enfermo.
Las manos de Stevens se clavaron sobre la chaqueta de diseño que Biggs ahora llevaba puesta del revés.
– ¿Seguramente ahora usted los ve tal como son en realidad?
– Ellos me parecen del todo sidhe. Exceptuando el color de piel del Capitán Doyle, y la menuda estatura de la princesa, se parecen totalmente a la nobleza de la corte sidhe.
Stevens sacudió al hombre más grande.
– La Oscuridad tiene colmillos. El Asesino Frost lleva calaveras colgando de su cuello. Y ella, parece exangüe, moribunda. Su sangre mortal la contamina.
– Embajador… -comenzó Biggs.
– No, usted tiene que verlo, ¡igual que yo!
– No vimos nada diferente en ellos cuando volvimos nuestras chaquetas del revés -dijo Nelson, pareciendo un poco decepcionada.
– Ya se lo dije, no estamos utilizando ningún encanto con ustedes -le contesté.
– ¡Mentira! Veo el horror en ti. -Stevens tenía la cara escondida entre los amplios hombros de Biggs, como si él no pudiera soportar mirarnos, y quizás no pudiera.
– Aunque, es más fácil no mirarlos -convino Shelby.
