Cortez asistió.

– Ahora me encuentro un poco mejor, pero los veo igual que antes.

– Hermosos -dijo la ayudante de Cortez.

Cortez le dirigió una aguda mirada, y la ayudante pidió perdón, como si aquella sola palabra estuviera totalmente fuera de lugar.

Stevens había comenzado a sollozar sobre el traje de diseño de Biggs.

– Debe de alejarle de nosotros -dijo Doyle.

– ¿Por qué? -preguntó uno de los otros.

– El hechizo que hay en el reloj le hace ver monstruos cuando nos mira. Temo que su mente se rompa bajo la tensión si el Rey Taranis no está cerca para aliviar los efectos.

– ¿No podría usted deshacer el hechizo? -preguntó Veducci.

– No es nuestro hechizo -dijo Doyle simplemente.

– ¿No puede ayudarle? -inquirió Nelson.

– Cuanto menos contacto tenga con nosotros, mejor para el embajador.

Stevens pareció tratar de sepultar su cara en el hombro de Biggs. Las manos del embajador se incrustaron en las costuras y el forro de la chaqueta.

– Estar cerca de nosotros le hace daño -dijo Frost, era la primera vez que hablaba desde que estábamos reunidos. Su voz no tenía la profundidad de la de Doyle, pero la anchura de su pecho le daba su mismo peso.

– Llame a los de seguridad -le dijo Biggs a Farmer. Y aunque Farmer era un hombre muy poderoso por méritos propios, y un socio igualitario, se movió hacia la puerta. Supongo que cuando papá es uno de los fundadores de la firma y tú eres uno de los socios mayoritarios, eso te proporciona una gran influencia, incluso sobre otros socios.

Nos quedamos de pie en silencio; el torpe lenguaje corporal de los humanos y sus expresiones faciales nos dijeron que estaban terriblemente incómodos por la demostración de desequilibrada emoción de Stevens. Éste era un tipo de locura, pero tres de nosotros la habíamos visto peor. Habíamos visto la locura que podía traer la magia. La clase de magia que por un capricho risueño podría llegar a robarte el aliento del cuerpo.



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