Los de seguridad llegaron. Reconocí a uno de los guardias que estaba en la recepción. Traían a un médico. Me acordé de haber leido los nombres de varios médicos en la placa al lado del ascensor. Por lo visto, Farmer se había excedido en el cumplimiento de sus órdenes, pero Biggs pareció muy contento de poder endosarle ese hombre sollozante al médico. No me extrañaba que Farmer fuera socio. Él seguía las órdenes al pie de la letra, pero las complementaba, mejorándolas.

Nadie dijo nada hasta que condujeron al embajador fuera de la habitación, y la puerta se cerró silenciosamente detrás de él. Biggs enderezó su corbata, y tiró de la chaqueta para alisar las arrugas. Al derecho, o del revés, el traje estaba arruinado hasta que una tintorería se encargara de él. Comenzó a quitarse la chaqueta, pero entonces echó un vistazo hacia nosotros y se detuvo.

Me percaté de su mirada y él pareció avergonzarse.

– No pasa nada, señor Biggs, si a usted le da miedo quitarse la chaqueta.

– La mente del embajador Stevens parecía completamente destrozada.

– Aconsejaría que el doctor contara con un practicante licenciado en las artes mágicas que examinara el reloj antes de quitárselo.

– ¿Por qué?

– Él ha llevado puesto ese reloj durante años. Puede haberse apoderado de una parte de su psique, de su mente. Quitarlo sin más podría hacerle más daño.

Biggs alcanzó un teléfono.

– ¿Por qué no lo dijo antes de que se lo llevaran? -preguntó Shelby.

– Lo acabo de pensar ahora -dije.

– Yo lo pensé antes de que se lo llevaran -nos dijo Doyle.

– ¿Y por qué no lo dijo? -preguntó Cortez.

– Mi trabajo no es proteger al embajador.

– Es trabajo de todos el ayudar a otro ser humano en semejante estado -dijo Shelby, pareciendo luego sorprendido como si acabara de oír lo que había dicho.

Doyle sonrió muy ligeramente.



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