– Pero yo no soy humano, y pienso que el embajador es débil y no tiene honor. La reina Andais ha presentado varias demandas a su gobierno por el embajador. Ha sido ignorada. Pero incluso ella no podía haber previsto una traición como ésta.

– ¿Traición de nuestro gobierno contra el suyo? -preguntó Veducci.

– No, traición del rey Taranis contra alguien que confiaba en él. El embajador vio el reloj como una señal de gran estima, cuando de hecho sólo era trampas y mentiras.

– Lo desaprueba -dijo Nelson.

– ¿No lo desaprobaría usted? -inquirió Doyle.

Ella comenzó a asentir y luego apartó la mirada, ruborizada. Aparentemente, incluso con su chaqueta del revés no podía menos que reaccionar ante él. Él merecía esa reacción, pero no me gustó que ella tuviera tantos problemas para controlarse. Los cargos serían bastante complicados si nosotros hacíamos ruborizar a los fiscales.

– ¿Qué habría ganado el rey con envenenar al embajador contra su corte? -preguntó Cortez.

– ¿Qué ganaban los Luminosos al oscurecer aún más el nombre de la Oscuridad? -le pregunté yo.

– Morderé el anzuelo -dijo Shelby. -¿Qué ganaban oscureciéndola?

– Miedo -le contesté. -Han hecho que su gente nos tema.

– ¿Qué ganaban con ello? -indagó Shelby.

Frost habló…

– El mayor castigo de todos es ser exiliado de la Corte de la Luz, la Corte dorada. Pero es un castigo porque Taranis y su nobleza se han convencido de que una vez que te unes a la Corte de la Oscuridad te conviertes en un monstruo. No sólo por tus actos, sino también físicamente. Les dicen a su gente que se deformarán si se unen a los Oscuros.

– Usted habla como si lo supiera -dijo Nelson.

– Fui una vez parte de la multitud dorada, hace mucho, mucho tiempo -aclaró Frost.

– ¿Qué hizo para que le exiliaran? -preguntó Shelby.

– Teniente Frost, no tiene usted que contestar a la pregunta -le dijo Biggs. Había dejado de preocuparse de su traje y volvía a ser uno de los mejores abogados de la Costa Oeste.



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