
– Lujuria antinatural -dije.
Shelby volvió sus ojos grises hacia mí.
– Yo no dije eso.
– No, no lo hizo, pero apuesto a que mi tío Taranis sí.
Shelby se encogió ligeramente de hombros.
– No parece que le gusten mucho sus hombres, eso si es verdad.
– O yo -le contesté.
La cara de Shelby mostró sorpresa, y lamenté no saber si ésta era genuina, o si mentía con su expresión.
– El rey sólo tenía cosas buenas que decir sobre usted, Princesa. Él parece sentir que usted haya sido… -en el último momento pareció cambiar lo que estaba a punto de decir-… pervertida por su tía, la reina, y sus guardias.
– ¿Pervertida? -le pregunté.
Él asintió.
– Eso no es lo que él dijo, ¿o sí?
– No, con estas palabras no.
– Debe haber sido realmente ofensivo para usted, tener que dulcificarlo hasta este extremo -comenté.
La verdad, Shelby parecía incómodo.
– Antes de que yo viera al Embajador Stevens y su reacción hacia usted, y el posible hechizo en su reloj, yo podría haber declarado simplemente lo que el rey dijo -comentó Shelby dirigiéndome una mirada franca. -Digamos que Stevens ha conseguido que me pregunte por la vehemente aversión del Rey Taranis hacia toda su guardia.
– ¿Toda mi guardia? -pregunté de nuevo, con un tono ascendente en mi voz.
– Sí.
Miré a Veducci.
– ¿Él acusa a todos mis hombres de delitos?
