– Gracias por aceptar esta reunión hoy, Princesa Meredith -dijo uno de los abogados congregados alrededor de la mesa. Había siete abogados rodeando la amplia y reluciente mesa, dando la espalda a la encantadora vista.

El embajador Stevens, embajador oficial de las Cortes de las Hadas, se sentaba en nuestro lado de la mesa, pero al otro lado de donde se sentaban Biggs y Farmer. Stevens dijo:

– Unas palabras sobre protocolo feérico: No se dan las gracias a las hadas, Señor Shelby. La Princesa Meredith, siendo la más joven de la Familia Real probablemente no se ofenderá, pero usted tratará con nobles que serán muy viejos. No todos ellos le dejarán pasar un insulto tan grave. -Stevens sonreía al decir esto y había sinceridad en su rostro afable, de ojos castaños y un perfecto corte de pelo también castaño. Se suponía que era nuestro representante frente a los humanos, pero realmente pasaba todo su tiempo en la Corte Luminosa dándole coba a mi tío. La Corte de la Oscuridad donde mi tía Andais, la Reina del Aire y la Oscuridad, gobernaba y donde yo podría gobernar en su día, era demasiado espeluznante para Stevens. No, no me gustaba el tipo.

Michael Shelby, fiscal federal para la ciudad de L. A. dijo…

– Lo siento, Princesa Meredith. No me di cuenta.

Yo sonreí, y le dije…

– Está bien. El embajador tiene razón, pero unos agradecimientos no me molestarán.

– ¿Pero molestarán a sus hombres? -preguntó Shelby.

– A algunos de ellos, sí -le contesté. Miré detrás de mí a Doyle y a Frost. Estaban de pie detrás de mí como si la oscuridad y la nieve se hubieran encarnado en personas, y eso no estaba demasiado lejos de la realidad. Doyle con su pelo negro, piel negra, y traje de diseño negro; hasta su corbata era negra. Sólo la camisa de un intenso color azul había sido una concesión hecha a nuestro abogado, quien pensaba que el negro daba una mala impresión, de hecho que le hacía aparecer amenazador.



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