Doyle, cuyo apodo era Oscuridad, le había dicho…-“Soy el capitán de la guardia de la princesa. Se supone que soy amenazador.” -Los abogados no supieron qué decir ante esto, pero Doyle, al final, se había puesto una camisa azul. El color casi brillaba contra el perfecto e intenso negro de su piel, que de tan oscura, bajo una luz directa reflejaba tonos de un azul casi purpúreo. Sus ojos negros estaban escondidos detrás de unas oscuras gafas de sol con montura negra.

La piel de Frost era tan blanca como la de Doyle era negra. Tan blanca como la mía. Pero su pelo era único, plateado, como si fuera de metal fundido. Brillaba bajo la elegante iluminación de la sala de conferencias. Refulgía como si lo hubieran fundido y luego convertido en joyas. Se había recogido la primera capa de pelo en lo alto de la cabeza con un pasador de plata más antiguo que la misma ciudad de Los Ángeles. Su traje gris paloma era de Ferragamo, y el blanco de su camisa era menos blanco que su propia piel. La corbata era más oscura que el traje, pero no mucho más. El suave gris de sus ojos quedaba a la vista mientras escuadriñaba por las ventanas lejanas. Doyle también lo hacía, tras sus gafas. Yo tenía guardaespaldas por una razón, y algunos de los que querían verme muerta podían volar. No pensábamos que Taranis fuera uno de los que me querían muerta, sino… ¿para qué ir a la policia? ¿por qué había presentado estos cargos falsos? Él nunca habría hecho todo esto sin una razón. Sólo que no sabíamos cuál era esa razón, así que por si acaso, vigilaban las ventanas por razones que los abogados humanos ni siquiera se podían ni imaginar.

Shelby echó una mirada detrás de mí, a los guardias. Él no era el único que seguía luchando para no echar un vistazo nervioso a mis hombres, pero era Pamela Nelson, la ayudante de Shelby, el fiscal federal, quien tenía más problemas para mantener sus ojos, y su mente, en los negocios.



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