
– Mis guardias son mis amantes. Lo que les convierte en mis consortes reales hasta que uno de ellos me deje embarazada. Quien lo consiga será el rey y yo, reina. Hasta que esto ocurra, todos ellos tienen derechos reales en la Corte de la Oscuridad.
– Los tres guardias que han sido acusados por el rey deberían regresar al sithen -dijo Shelby.
– El rey Taranis tenía tanto miedo de que el Embajador Stevens viera que en la Corte Oscura eramos hermosos que hechizó al pobre hombre. Un hechizo que le obligaba a vernos como monstruos. Un hombre que es capaz de hacer tal cosa desesperada haría muchas otras cosas más desesperadas.
– ¿Qué quiere decir, Princesa?
– Mentir equivale a ser expulsado del mundo de las hadas, pero ser rey te permite a veces estar por encima de la ley.
– ¿Está diciendo que los cargos son falsos? -inquirió Cortez.
– Desde luego que son falsos.
– Usted diría cualquier cosa por salvar a sus amantes -expresó Shelby.
– Soy sidhe, y no estoy por encima de la ley. No puedo mentir.
– ¿Es verdad eso? -dijo Shelby inclinándose para preguntárselo a Veducci.
Él asistió.
– Se supone que es verdad, pero una de las dos miente, la princesa o Lady Caitrin.
Shelby se giró para mirarme.
– Usted no puede mentir.
– Poder, puedo… pero si así lo hiciera me arriesgaría a ser expulsada del mundo de las hadas. -Apreté fuertemente la mano de Doyle. -No hace nada que regresé allí. No quiero perderlo todo de nuevo.
– ¿Por qué dejó usted el sithen la primera vez, Princesa? -preguntó Shelby.
Biggs contestó a esto.
– Esa pregunta está fuera de lugar, y nada tiene que ver con los cargos en cuestión. -La reina probablemente le había dado una lista de preguntas a las que yo no podía contestar.
Shelby sonrió.
